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La Saga del Tartufo, el Avaro, el Moliere el Tito y el Indiano

El Tartufo y el Avaro: mismo autor, diferentes obras!

Pocas veces tenemos oportunidad de divertirnos tanto.

Esta es la historia de la crítica hecha por el escritor hondureño Cesar Indiano a la puesta en escena de "El Tartufo" de Molliere, dirigida por Tito Ochoa y llevada a las tablas por el Grupo Teatral Bambú. En su crítica, Indiano señaló que "no aparecen ni los personajes ni la trama de la obra de Moliere". La respuesta de Ochoa es contundente: no aparecen porque Indiano, en su artículo publicado el 18 de agosto en Diario Tiempo se EQUIVOCO de obra y, evidentemente, no había leído la obra original que Bambú pone en escena.

Para compartir esta saga con nuestras y nuestros lectores, ElMounstruario reproduce

  1. El artículo original de Cesar Indiano
  2. La respuesta de Tito Ochoa y
  3. Un artículo más de Lourdes Ochoa.

1. César Indiano: Aproximaciones críticas al "Tartufo" de Tito Ochoa

A tres preguntas resumo mi crítica sobre la recién estrenada obra "Tartufo o el impostor" –puesta en escena por el grupo teatral Bambú bajo la dirección de mi caro amigo Tito Ochoa– primera ¿quién de todos los personajes era Harpagón? Segunda ¿qué acciones nos llevarían a pensar que Harpagón es un avaro abominable? Y tres ¿dónde está Moliere?

Aunque son tres cuestiones aparentemente simples no descarto que en sus respuestas halláremos las claves para desentrañar con alguna objetividad los valores y los desaciertos de un espectáculo que generó grandes expectativas entre los amantes del teatro... yo incluido naturalmente.

Creo que la obra presenta evidentes problemas de interpretación y de caracterización, es decir, con mucha dificultad un público no avisado podría discernir "el problema" de una obra tradicional que está fundamentada precisamente en el planteamiento de un "problema" más bien cotidiano. ¿Cuál es? Uno que todos los lectores de teatro sabemos hasta los cogollos: Harpagón, un viejo verde abominable, tacaño y usurero, mantiene en la vil lipidia a sus dos hijos Elisa y Cleanto. Estos sufren a solas no sólo la tiña de este viejo vicioso, sino también los abusos de una servidumbre ordinaria que sirven de entorno a una vida familiar mediocre y limitada. El lío (por no hablar de conflicto) se suscita cuando Harpagón – el horrible viejo avaro que se llama así y no Tartufo como cabría suponer – y Cleanto (su empobrecido hijo) ponen los ojos en la misma mujer, una bella dama advenediza llamada Mariana quien vive en el vecindario parisino en unas condiciones verdaderamente precarias. En el ínterin Valerio, quien se hace pasar por criado de Harpagón, mantiene con Elisa un ardiente romance clandestino. Ambos buscan la manera de salvar su amor en el precipicio de un lío mayor; pues Harpagón se ha empeñado en entregar su hija a un hombre viejo y ricachón llamado Anselmo, que al mismo tiempo es forastero como Mariana. Sobre la base de estos geniales enredos Moliere enmaraña magistralmente la aparición de Frosina (especie de recadera y rufiana), a La Fléche, a Maese Santiago y a La Merluche. Una trama de malentendidos jocosos que llevan la obra hasta la alta comedia hace de "Tartufo el Avaro" una de las piezas cumbre del teatro barroco francés.

Sin embargo en la puesta en escena de Tito Ochoa no están claramente perfilados ni caracterizados los personajes y esto diluye toda posibilidad de salvar la fábula que acabo de sintetizar. Los actores no han conseguido identificar –a nivel de actuación cuando menos– los matices psicológicos más elementales y la obra va avanzando inexorablemente a un ámbito dramático y no cómico como uno esperaría. Sin bien es verdad la obra tiene por momentos algunos atisbos de comicidad – mucho más notables en las secuencias acentuadas de Frosina, cuyos recursos de humor son en algunos momentos forzados– estos son efectos aislados que no consiguen componer un paisaje general de humor e ironía, ingredientes indispensables en el teatro Molierano: contextualizado o no.

En lo otro ¿a partir de qué información escénica identificamos al abominable Harpagón como un sujeto tacaño y miserable? Al parecer Tito Ochoa ha volcado el argumento central de la obra hacia una sustentación ética que raya con lo político, lo cual no es recriminable por cuanto los directores están en el derecho de poner en escena "los propósitos personales" de temas que se prestan para variadas interpretaciones y semiologías. No obstante esto conlleva riesgos que con toda seguridad Ochoa Camacho maneja a la perfección; el principal de ellos es opacar el espíritu de nuestra obra para enaltecer los dispositivos técnicos de nuestro espectáculo. Recuerdo una máxima de Sanchis Sinisterra para describir al teatro de exacerbados aparatajes "cuando todo se vale... nada es necesario" refiriéndose a aquellas soluciones artificiales de las que echamos mano cuando no confiamos en la plenitud de los actores o en la fortaleza intrínseca de la obra elegida. Finalmente ¿Dónde está Moliere? A menos que estemos equivocados, Moliere representa la cima de la alta comedia.

El alma de su teatro es la alegría, pero no una alegría gratuita ni compleja, sino más bien una alegría posiblemente ingenua. Es el genio de la hilaridad barroca y casi todas sus obras –por no decir todas– deambulan a sus anchas entre los cortinajes de la aristocracia francesa del siglo de las luces y los biombos itinerantes de los comediantes cortesanos. A mi modo de ver –que es uno entre muchos– Moliere aflora en las tablas cuando un director consigue que los actores activen desde el territorio actoral aquellas nimiedades gestuales, expresivas y corporales que llevan el teatro a la cumbre de su malicia, en el caso contrario –por lo menos cuando nos referimos al teatro de Moliere– todo se derrumba ante nuestros ojos de una forma más o menos inevitable.

En este caso particular yo he sido el primero en lamentar la "caída en el vacío" de una obra que tiene según mi parecer numerosas posibilidades interpretativas que ésta vez no fueron debidamente indagadas por las premuras de un montaje preconcebido. Me consta que Tito Ochoa – hoy afincado en Bogotá – posee mayores recursos para la resolución de una teatralidad mil veces probada como la de Moliere, pero su puesta en escena parece naufragar por esta vez y hemos aprendido que el exceso de confianza siempre nos hace malas jugadas aunque tengamos el control de mando a dos manos. No obstante todavía guardo la esperanza de estar equivocado pues el grupo Teatral Bambú – que venía de una memorable temporada con la "Cantante Calva" de Ionesco – deberá quemar los últimos cartuchos de su comedia con algunas giras que están por venir y mediante las cuáles el público podrá corroborar si mis apreciaciones son valederas o no... Aunque –reitero– por esta vez quisiera estar equivocado.

 

FIN de la crítica, lean las respuestas en la página DOS

 

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