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Últimos días de Neruda
Fragmento de la Biografía de Pablo Neruda, de Volodia Teitelboim ![]() Neruda, el grande "Valparaíso ha sido tomado." toda la agonía nerudiana comenzó el 11 de septiembre, cuando el poeta sintonizo el receptor en el velador, junto a la cama, y descubrió que no estaban transmitiendo, salvo la Radio Magallanes. Oyó con los puños apretados el ultimo mensaje, bajo las bombas, de Salvador Allende: "...pagare con mi vida mi fidelidad al pueblo..." Después, el gran silencio. Neruda busca en el dial desesperadamente una voz. Sintoniza en onda corta la radio de Mendoza. Están contando toda la tragedia. Matilde trata de calmarlo, pero es imposible. No se despegara de la radio. Quiere oírlo todo, saberlo todo, aunque se muera. Matilde llama por teléfono al doctor Vargas Salazar "eche a perder al radio, la televisión desconéctela. Si sabe lo que esta pasando será para el un golpe mortal". Pero doctor, ¿cómo puedo echar a perder la radio y la televisión si Pablo esta como loco tratando de saber lo que sucede? Cuando escucho el discurso final de Allende, Neruda supo que todo estaba perdido. Para tranquilizarlo, Matilde le dijo: "talvez no sea tan horrible". "no -respondió Pablo- es el fascismo". Esa noche la fiebre le subió. Había visto seis veces en la televisión el asalto a La Moneda. Escucho en una radio de Mendoza la noticia de la muerte de Allende. El medico recomendó que fuera transferido a Santiago porque ni el ni la enfermera, que vivía en San Antonio, podían moverse con el toque de queda. "Trasládelo en ambulancia a una clínica". En el camino fueron allanados dos veces por los soldados. Pusieron la cama en posición vertical. Por primera vez, Matilde lo vio llorar. El le pidió: "Límpieme la cara, patoja" No sacaba nada Matilde con decir "es Pablo Neruda". Seguramente seria para peor. Lo sabía porque antes habían allanado la casa de Isla Negra buscando, según dijeron, armas. Neruda no tenía armas, pero en el momento en que la tropa llego a la casa estaba dictando a Matilde las últimas páginas de sus memorias, que el consideraba indispensables, para dejarlas como testamento y acusación: "Escribo estas rápidas líneas para mis memorias a solo tres días de los hechos incalificables que llevaron a la muerte a mi gran compañero el Presidente Allende. Su asesinato se mantuvo en silencio; fue enterrado secretamente, solo a su viuda le fue permitido acompañar aquel inmortal cadáver. La versión de los agresores es que hallaron su cuerpo inerte, con muestras visibles de suicidio. La versión que ha sido publicada en el extranjero es diferente. A renglón seguido del bombardeo aéreo entraron en acción los tanques, muchos tanques, a luchar intrépidamente contra un solo hombre: el presidente de la Republica de Chile, Salvador Allende, que los esperaba en su gabinete, sin más compañía que su gran corazón, envuelto en humo y llamas. Tenían que aprovechar una ocasión tan bella. Había que ametrallarlo, porque jamás renunciaría a su cargo. Aquel cuerpo fue enterrado secretamente en un sitio cualquiera. Aquel cadáver que marcho a la sepultura acompañado por una sola mujer que llevaba en si misma todo el dolor del mundo, aquella gloriosa figura muerta, iba acribillada y despedazada por las balas de los soldados de Chile, que otra vez habían traicionado a Chile". ¿Podía adivinar que semanas mas tarde el mismo seria enterrado en una tumba cualquiera? Matilde fue a Isla Negra a buscar ropa para el viaje y unos libros que mantenía bajo llave. De regreso lo encontró muy inquieto. Por la noche, en su delirio, decía: "los están fusilando". En el día venían amigos a verlo, se retiraban temprano para alcanzar volver a sus casas antes del toque de queda. Por la noche, dormido, entre sueños agitados, volvía a decir "los están fusilando, los están matando". El poeta estaba aislado en el cuarto de la clínica. Oía por las noches el volar de los helicópteros, sabia lo que estaba pasando. Entre el día del golpe y el de su muerte, la gente de Pinochet asesino a decenas de miles de chilenos. El sentía cada una de esas muertes. Matilde le tenía cogida la mano y percibió un súbito estremecimiento. Su corazón se había detenido, roto. Eran las diez y media de la noche del 23 de septiembre de 1973.
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