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Cuando nuestra realidad desborda las buenas intenciones
![]() Para que no se acabe la discusión sobre la inundación del Manuel Bonilla... El sábado recién pasado, cuando se inundó el Teatro Nacional Manuel Bonilla, justo durante el Concierto de Cierre de la XVII edición del Festival Bambú, tod@s alarmad@s nos preguntábamos de dónde salía tanta agua. Los estragos al inmueble no fueron mayores porque l@s Bambú se solidarizaron en un gesto que se agradece: era una escena tragicómica en la que se corría para buscar escobas, trapeadores, y hasta hubo quienes con sus manos pretendían ganarle la voluntad a la corriente. Fuimos afortunados, en el sentido que no ocurriese un accidente mayor. "Buen aviso" hemos dicho en la Secretaría de Cultura – y creo que es cierto -, buen aviso para que de una vez pensemos en este monumento histórico como se debe, y sobre todo, como espera la comunidad artística, ya que por ahora es el único espacio en condiciones técnicas básicas y con capacidad para albergar público suficiente y permitir un mínimo de calidad y rentabilidad en los espectáculos que allí se presentan. En Agosto del año pasado, cuando asumí la Dirección de las Artes, encontré el Teatro cerrado. Para sorpresa mía no se había planificado qué reparar, había una lista que se asemeja a la que hacemos para ir al supermercado – pero con la tarjeta de crédito vencida -: lavamanos, mármol de baños, pulido de pisos, etc. Increíble pero cierto, por lo que improvisadamente algo tratamos de hacer en ese corto mes de remiendos. Por eso al estar allí, cuando Ánderson cantaba "Río Patuca" mientras casi a su lado una cascada asustaba a los invitados, no podía sino sentirme responsable del Teatro como Directora de las Artes, afectada directamente como invitada por Nordesthal Yeco; cantando y sacando agua, estaba desbordada y no sabía entonces, si agarrar la escoba, el micrófono o de nuevo sentarme a hacer la lista del súper, recordando que en el Estado lo urgente siempre reemplaza a lo más importante. Lo responsable es pensar en una solución, y afortunadamente, existen muchas opciones: dentro de la Secretaría de Cultura por ejemplo, se menciona la posibilidad de formar una "Fundación de Amigos del Teatro". Yo creo que nuestro Teatro tiene muchos amig@s, personas como Guillermo Anderson quien visiblemente indignado dijera "Es nuestro único teatro en Tegucigalpa y nuestro único país". Artistas de su renombre podrían formar parte de iniciativas que pusieran el tema en la agenda nacional; y así probar un poquito del desencanto que produce la impotencia ante realidades que desbordan canaletas, paciencias y posibilidades de incidir. Aunque tuviésemos una Fundación llena de amig@s, desde mi punto de vista, esta opción refuerza un modelo en el que desentendemos al Estado de la responsabilidad que le corresponde. Existen ejemplares excepciones, pero, por lo general las Fundaciones son aparatos burocráticos en los que "personas de bien" pueden seguir brincándose el pago de impuestos sin dejar de ser la portada de alguna revista de la alta sociedad, o buscar, en un gesto todavía más cínico, teletones en las que se irrespeta la dignidad de los discapacitados y los enfermos terminales. Estas veladas de mal gusto que imitan versiones "light" para el entretenimiento y reproducen esa subcultura que no nos deja reflexionar, mucho menos reaccionar, ocupan nuestro Teatro irrespetuosamente: cada año levantan su techo para sacar antenas de transmisión, recargan con público y escenografía sus tablas vencidas, y no pagan por el uso que hacen de este monumento que está gritando a torrentes para que le devolvamos la mirada y la dignidad. Garantizar el mantenimiento de un edificio tan vetusto como mal usado, requiere pues, de un presupuesto que simplemente desborda la capacidad financiera de una Secretaría de Estado que funciona con apenas el 0,27% del Presupuesto Nacional de la República. Asumir que el Teatro Nacional ya no responde a las necesidades que el espectáculo moderno demanda, desborda una vez más la capacidad de planificación y gestión que implicaría plantearse la construcción de un Centro nuevo y moderno que pudiera albergar al espectáculo en la capital y dejarnos el Teatro libre de compromisos para restaurarlo, y que pudiera así, brindar sus servicios a otro ritmo, el que un monumento histórico debiera. Cerrar el Teatro Nacional Manuel Bonilla para restaurarlo, soñar con ese nuevo y moderno Centro Cultural, son opciones que demandan un esfuerzo concentrado de planificación y gestión. Como Directora de las Artes y como trabajadora del arte, me propongo encontrar las alianzas que nos permitan comenzar el plan y la gestión dentro del período de gobierno en el que me toca trabajar. No es la Secretaría de Cultura la que tendrá el recurso para hacerlo, es el Estado el que debe ser consciente que en la capital del país que gobierna, tenemos un monumento que ya no aguanta remiendos. Debemos desempolvar los ánimos y el proyecto del Centro Cultural que ya existe (se hizo incluso una investigación de campo en México y Brasil y una hermosa maqueta). Como Directora de las Artes tengo el ánimo y la disposición de consultar, consensuar, planificar, presupuestar y gestionar. Espero encontrar eco en los corazones y respuesta en las acciones de los y las hondureñas. Solo así nuestra realidad dejará de desbordar las buenas intenciones. Gaceta de Karla Lara, Número 10, mayo 2007
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