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La noche en que el Manuel Bonilla se volvió Titanic

El cierre del Festival Bambú, empañado por la inundación del teatro nacional

En plena lucha para evitar que la inundación llegue al escenario

Era el cierre del festival Bambú, había concierto y yo sin poder salir de la casa porque se me había inundado. Escoba en mano primero, blandiendo trapeador después, a toda prisa logre secar las ultimas partes comprometidas y llegar en un estado mas o menos decente (es decir, seco) al Teatro Nacional Manuel Bonilla a eso de las 7 y 30pm. Deja vu.

Estaba de suerte, apenas empezaba la función. La lluvia caía ligera a estas alturas, y como todavía no me enteraba de la inundación del día anterior, no me imaginaba lo que estaba a punto de suceder. Me ubique cómodo -y seco- para escuchar los primeros temas de Guillermo, preguntándome, como casi siempre que lo escucho, ¿por qué su música que es tan buena es "bonita" en grabación pero ESPECTACULAR en concierto? ¿Qué será lo que se pierde en la traducción?

Tras un par de canciones decidí salir rapidito al vestíbulo a llamar a algunos amigos con los que me encontraría. Afuera ya había algunos signos de excitación: por las gradas tanto a la izquierda como a la derecha de la puerta comenzaba a bajar un hilillo de agua, y está se juntaba justo a la puerta de la zona preferencial, como agarrando fuerzas antes de entrar y correr libre por esa rica -en términos de desplazamiento hydroimpulsado- bajadita que va a dar directo al escenario.

Quiero repetir que la lluvia caía ligera. No se comparaba para nada a la tormenta corta pero furiosa de la noche anterior. Sin embargo, el daño aparentemente estaba hecho, porque de pronto las gradas se convirtieron en cataratas: Iguazú por un lado y Pulhapanzak por el otro. Ríos de agua comenzaron a caer y la gente de Bambú y varios de los artistas invitados se organizaron inmediatamente para contenerla de alguna manera: conseguir escobas (no había en el Teatro, más que un par de escobas de bruja que, como todo el mundo sabe, no sirven para barrer, solo para volar de un aquelarre a otro) y un par de viejos trapeadores con menos mechas que el bigote presidencial.

Lo que siguió fue una especie de caos organizado: el agua seguía cayendo por las gradas. Hasta sonaba como cascadita y no, no estoy exagerando. En el vestíbulo, yo había agarrado una escoba y me sumaba al intento desesperado de un puñado de valientes para evitar un desastre mayor. Durante 45 minutos (mientras el concierto seguía) barrimos, trapeamos, nos mojamos, sudamos tratando de desviar la corriente hacia las puertas principales y la libertad de la calle.

¿Han visto las películas así como "la tormenta perfecta" en que los marineros luchan desesperadamente por impedir que el agua hunda su barco? ¿o en que los pobladores de un pequeño pueblo mal ubicado en las faldas de una represa se unen durante una noche tormentosa para evitar que ésta se desborde? pues algo así ocurrió, solo que en versión bien catracha.

Mientras barría y trapeaba (es el derecho a barrer y trapear por el que más caro he pagado en mi vida: ¡doscientos lempiras de entrada!) tenía una serie de emociones conflictivas en el pecho: COLERA, porque el año pasado en agosto se cerró el teatro y se le pago a alguien para que supuestamente reparara y arreglara y evitara este tipo de problemas. ¿A quién y cuánto, señor ministro de cultura? risa, porque era divertido ver a invitados y organizadores hombres y mujeres enfrascados en el esfuerzo. Éramos suficientes para organizar un sindicato potente de barrenderas. Y VERGÜENZA, porque muchas de las personas de los grupos invitados, gente que vino de Centroamérica y otros lados para cantar y bailar y hacer teatro en el festival, terminaron luchando para que no se inundara el teatro nacional de Honduras.


Una desolada e inundada galería

¿Sabía usted que al Manuel Bonilla le asignan la minúscula cantidad de L.50,000 al año para reparaciones? Eso se notó, por cierto, en un edificio que hacía agua por todos lados, en que se inundaron camerinos, sótano, bodegas, en que mas de alguno se le mojó y se le jodió el equipo, en el que si hubiera sido uno de esos actos oficiales protocolarios que tanto le gustan a Pastor Fasquelle (que solo llega al Manuel Bonilla si anda por ahí el cuerpo diplomático de España o de gringolandia) me habría encantado verle a el y la gente del ministerio agarrando una escoba para evitar el desastre.

Al final, cuando ya me empezaba a doler un poco la espalda, las cataratas se cerraron y dejó de escucharse su cristalina caída por las gradas. Ahora solo se escuchaba el ocasional chuik chuik producido por los pasos de la gente sobre la alfombra, y por mis tenis y calcetas, empapados hasta la última fibra. Con esto yo di por finalizada mi participación en el combate, pero me consta que otras personas se tuvieron que ir todavía a galerías a seguir sacando agua. Con esfuerzo, finalmente, se logró.

A estas alturas los músicos ya se habían enterado, y un visiblemente encachimbado Guillermo Anderson lo había mencionado desde el escenario. Apenado, Guillermo llamaba a que esto "no se repita jamás". Espero que por lo menos esa parte del concierto llegue a oídos del ministro de cultura.

Ahora, ya pasada la crisis, decidí escuchar lo que quedaba de jornada musical. Fue genial ver a Yeco donde le corresponde, al lado de las y los otros grandes músicos catrachos, ¡bien Yeco! Y desde afuera escuché la parte de Karla Lara -otra genial que agarró la furia y la convirtió en voz vibrante para interpretar sus temas- y alcance a entrar a tiempo para escuchar al espectacular Rómulo Castro de Panamá encender al público.

Luego le tocó cerrar a Guillermo. Sospecho que agarró esa cólera que le dio la mojada y la convirtió en puro carisma. El hombre siempre sabe electrizar a su público, pero esta vez se sintió mejor aún. Para cuando terminó de cantar "Encarguitos del Caribe" todo el teatro estaba de pie y bailando, y cuando siguió con "En Mi país" fue un delirio total y mis músculos agarrotados por la barrida y trapeada agarraron fuerzas para una ultima ronda de baile y aplauso.

Increíble Guillermo, increíbles todas y todos los músicos que le acompañaron, hicieron que la noche valiera la pena, a pesar de la inundada. Felicitaciones a Bambú por otro gran -a pesar de todo- festival. Y a Pastor Fasquelle, que desafortunadamente no llegó a mojarse, una preguntita y una idea: la preguntita es, cuando usted lee sobre lo que pasó en el Manuel Bonilla, ¿no le da cierta vergüencita? y la idea: tape todos esos agujeros que tiene el teatro aunque sea con las cartas de amor que le ha escrito a Mel, hay suficientes me parece para construir un techo nuevo.

Y recuerde, para la próxima vez que atienda a un evento en el Manuel Bonilla, no deje de traer su traje de buzo, mascara y respirador, una vibrante harmónica para los posibles encuentros con sirenas y una cubeta para ponerse en la cabeza, por mientras pasa la lluvia.

 

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