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Uno tocó el piano y el otro la viola
![]() Sergio Rodriguez Sabíamos que sería una noche libidinosa, nos quedamos un día más en San Juan, Puerto Rico 11-28-06) para escuchar el concierto de viola y piano que harían nuestros amigos artistas el violista Ramón Negrón Pérez (miembro de la célebre Sinfónica de Puerto Rico) y el concertista del piano José Ramos Santana, quien se ha presentado como solista en muchas de las principales orquestas de este hemisferio. Había luna llena, jamás nos imaginamos que sería un concierto con pizcas exóticas, el calor de Puerto Rico, los mojitos y el vino rojo presagiaban un éxtasis musical. Antes de comenzar Ramón se dirigió a la audiencia y nos habló acerca de su nueva viola (hecha por Pablo Alfaro quien días antes había ganado con ésta, un premio internacional de luthier) y que tenia un sonido y una belleza que concordaba con el instrumento que había soñado desde siempre; su amada inmortal. Y siguió "este instrumento nunca ha sido tocado por ninguna mano en un recital, esta es su primera vez y me siento delirar de excitación" El eminente Manuco -uno de los invitados y propietario del hotel- ya con la alegría de los mojitos respondió "no nos vas a decir que es virgen... "sí, es virgen y es mía" respondió con una sonrisa. The Music Room del Hotel The Gallery Inn, nos cobijaba mientras sutilmente la música de Juan Sebastián Bach abría la noche; Sonata para viola de Gamba en Sol Menor. José Santana comenzó a tocar el piano –casi acariciándolo- con la delicadeza y madurez de un artista de altos quilates, cada nota era ejecutada con tanta musicalidad y expresión que también Ramón sintió desbordarse en una entrega total; sin menos cabos ni tapujos, así como el amor primero. ![]() Los contrapuntos y los enlaces armónicos de Bach se condensaron entre el piano y la viola como si fuera un solo instrumento, una sola voz, un solo propósito, un solo cuerpo, un solo destino; ¡la música! Continuaron con le elegía de Veracini; un largo poético. Ramón cerró los ojos y se transportó a lo más íntimo de su ser. Inmediatamente su música penetró entre la exclusiva audiencia, parecía que algo muy dentro de cada uno había sido activado, les habían hendido el alma, los ojos se mostraban compungidos, casi apunto de un grito redentor !sí creo, sí creo! Y es que el poder de la música abre corazones... si no pregúntenle a Orfeo y Euridice cuando con su música logró dominar al dios del subsuelo. A sus 30 años Ramón ya tiene una trayectoria artística envidiable y se acuña que en los años por venir, como uno de los mejores violistas de esta América. Él es producto de la Sinfónica Juvenil de Puerto Rico. Ha viajado por muchos países del mundo en festivales y clases maestras con estelares violistas como, Gerald Cusse, Bruno Pasquier, y Jessi Levine. Se ha presentado con artistas de clase mundial entre ellos Eugenia Zuckerman, Emilio Colón, Walter Ponce y Antón Kuerti. La noche comenzaba y el idilio musical ya tomaba otros rumbos más profundos. Ya no se podía retroceder, se había pasado la línea y la pasión musical se segregaba entre las "Cinco Antiguas Danzas Francesas". La noche se había convertido en rápido molto en una luna de miel. Entre lo exótico de los franceses y el romance de Máx Bruch, la viola estaba rendida. Ahora había que consumar con el andante, rondo hungarense de C. M. Webber; una pieza magnifica para la viola; explotando todas sus posibilidades, desde los sonido más bajos hasta los más altos, o sea de pies a cabeza. La luna estaba llena y las olas del mar golpeaban sin cesar las faldas de la Perla del Caribe. La brisa del mar acariciaba la concurrencia. Ramón se movía entre deslices de pasajes lentos y rápidos, y cuando ya se sentía la explosión de la cadencia final, el solista presionó una vez más su viola en molto apasionato vivo con el cariño de quien va acabar su más alto deseo. Las semicorcheas en rápidos y virtuosos pasajes se abalanzaban en un clima lleno de lujuria rítmica y desenfreno. Al último acorde, junto con el piano, y la camisa sudada por tanto trabajo creativo y físico, Ramón estaba exhausto y con una alegría inaudita; la viola dejó de ser bebé... Los aplausos vitoreaban la consumación eclesiástica de una novia que no vestía de blanco; ¡Bravo! Bravísimo! Sergio Rodríguez
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