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Monólogos de la Vagina en Tegus

Monólogos de la Vagina

Lamalwara

Yo estuve ahí.

Yo vi abrirse los labios del telón para mostrarnos tres seres, tres peces, tres mujeres danzando, gritando, nombrando el cuerpo desnudo y sexuado de las mujeres.

Yo lo vi.

Vi a las mujeres y los hombres en el público moverse nerviosamente en sus sillas cuando se dieron cuenta de que la cosa estaba peluda y de que se hablaría en alto de la oculta parte de la mujer. ¿Por qué le habrán puesto ese nombre, usted? Me preguntó una señora en la entrada. Mhh, ya va a ver por qué, le dije.

Y ahí estaban algunas volteando la cabeza, o buscando su celular cuando se decía vagina, vagina, vagina, y se dijo una vez y 97 más.

Vi a muchas de ellas relajarse, reír, soltar el cuerpo y abrir las piernas ligeramente, vi a un hombre llorar con las palabras de una violación, y escuché a otra carcajearse con los gemidos, y los discursos acertados de este texto de Eve Einsler.

Sentí a mi vecina de asiento suspirar cuando una posibilidad amatoria se pronunciaba en público: tocarse una misma, que un hombre ame realmente a las vaginas, que una lesbiana cure la violencia en el cuerpo de la otra.

Asistir a un espectáculo montado con la pasión de las Ochoa, desde su madre presente- ausente, hasta la más pequeña de las hijas: Lourdes, Alba, Blanca, acompañadas de Sulma Somoza y Gabriel Ochoa fue un regalo apreciadísimo en un ocho de marzo cada vez más oficial, siempre financiado, y aburrido en la sosa capital de Honduras, donde el feminismo desfallece, si es que alguna vez nació, en las discusiones y reparticiones de quién tiene más representación en organismos que no sirven de nada a las mujeres, más que a las que se erigen sus representantes y que son las de siempre.

Disfrutar de una puesta en escena que ha recorrido el planeta, y que en cada sitio se renueva y se refresca con los cuerpos y palabras del territorio que corresponde, en nuestro caso en un escenario jaloneado a la indiferencia y el descuido, en un proyecto que oh maravilla no contenía los cientos de logos de la neocolonialista cooperación internacional que parecen haber convencido a las artistas de esta ciudad que sin su dinero no hay nada profesional y extraordinario que hacer, fue un placer orgásmico.

La adaptación es lúcida, es divertida y profunda.

El texto se goza por los modos en que lo acuerparon estas mujeres. Las actuaciones son muy buenas, provocadoras, picarescas y en el caso de Blanca Ochoa llegan a ser extraordinarias.

Y entonces una siente que la emoción que es aquella que el arte produce, sólo y solamente cuando significa y vibra en la semántica de su tiempo y su ritmo, devuelve como unas ganas de pensar otra vez y de otro modo, cómo de imaginar más, cómo de necear con las ganas y la libertad del cuerpo, la vida, la creación, el arte.

Lamalwara es miembra de los foros de discusión de ElMounstruario.

 

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