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¡Esa sí la conozco!
Sergio Rodríguez Estas anécdotas son de las de nuestro ilustre narrador cronopio Johannes D.T. y los acontecimientos fueron así: Primer concierto de gala de la Orquesta Sinfónica Nacional (19 de Junio de 1990). Se abre el telón. El cuerpo diplomático e invitados especiales toman asiento en sus palcos. Finalmente como soñaron los maestros Adalid y Gamero, Díaz Zelaya, Humberto Cano, Benjamín Acevedo, y Alejandro Hueso, entre otros, Honduras se ponía a la par de las civilizaciones del mundo. El director hace su aparición, con batuta en mano, la mirada erguida, con su barba de candado y de perfil, el director de coros boliviano en el país de los ciegos pretende ser el maestro. Empieza la primera pieza (la obertura de la opera Guillermo Tell) de Gioacchino Rossini. Después de que el solo del cello toca la introducción pintando un fresco amanecer, las trompetas en fortísimo marcan en ritmo de galopas la carrera delirante de caballos en tropel; ta, tatata, tatatatatatatatatata, tatataaaaaa, para que luego las cuerdas en pianísimo continúen el tema en técnica de richoche; el arco saltando sobre las cuerdas. En el auditorio se escucha un breve revuelo ¡Esa la conozco! ¡Esa la conozco! ¡Es la del Llanero Solitario! Revela orgullosamente en voz alta la esposa del general... Después de los apoteósicos aplausos por tan energética pieza orquestal viene el romántico concierto número uno para piano y orquesta in Si bemol menor, Op. 23, de Pyotr Ilyich Tchaikovsky, y como solista la pianista hindú-hondureña, quien ejecuta con brillantez y claridad rítmica los virtuosísticos pasajes de escalas que corren en ascendente y descendente por casi todo el teclado. En el auditorio la esposa del general con gestos pretenciosos y volviendo su mirada hacia atrás para que los demás le escuchen, le dice muy excitada a su amado ¡Esa sí la conozco! ¡Esa sí la conozco! "Callate mujer" le increpa aquél con cierta vergüenza, "pero si es el tema de la novela Valle de Lágrimas" ...replica ella con euforia. En el intermedio las colas a los lavabos son enormes, mientras los otros disfrutan de los placeres de Dionisio, los músicos se fuman un cigarrillo. De pronto las luces se apagan y prenden intermitentemente, la esposa del general asustada se aferra a su esposo diciéndole ¡protejeme vos que ya vienen los apagones y me pueden tocar mis popas estos incultos!...la segunda parte del concierto está por despuntar. La Obertura 1812, Op. 49 de Tchiaikovsky ha comenzado. Los músicos la ejecutan con la fuerza y natural técnica juvenil de los años mozos, el director se mueve -piensa él- como todo un káiser y cuando da la señal -en el clímax de la obra- al teniente que lo mira con suma concentración atrás del escenario, éste jala rápidamente un cordón que llega hasta a las botas de tres soldados afuera del teatro, quienes disparan inmediatamente los tres cañones que el ejército nacional ha prestado -y aunque sin concordancia con la obertura- explotan en trastiempo ensordecedoramente sacudiendo el teatro y al mundo capitalino. Los murciélagos enloquecidos salen de sus guaridas. El susto de los invitados por tanto estruendo, imaginan otra guerra con El Salvador... Después de los frenéticos aplausos por tanto sonido y reventar de cañones y aún con el incesante zumbido en los tímpanos, la Marcha Militar, Op. 51, No. 1 de Franz Schubert comienza a cerrar el programa; "pam pa rarara, pam pa rarara", la esposa del general otra vez y con movimientos de espanto y alborozo sale corriendo gritando ¡Golpe militar! ¡Golpe militar! ¡Arriba mi general!... Seis meses después, en el exclusivo club aguacatino de la esquina se escucha a los parroquianos brindar. El retirado teniente militar que comandó las explosiones de salva: "No jodan cabrones, aquí donde me ven, yo fui miembro de la Sinfónica Nacional..."
Sergio Rodríguez,
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