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Crónicas del cine que nos niegan: Ingmar Bergman, el genio de la isla
![]() Uno de los grandes genios del cine... Por Ariel Torres Funes En la filmografía de la historia del cine hay un creador que ha visto al trasluz las relaciones interpersonales y ha buceado por las oscuras aguas de la mente y corazón humano. Que ha sumado al arte una obra prolija que va más allá de lo cinematográfico y más allá del tiempo que le tocó vivir, para recalar en esa biblioteca del pensamiento universal que no termina -afortunadamente- de escribirse y aportar protagonistas. El autor de una obra -porque al final todas sus obras son una obra- esencialmente humana y honesta, originada no sólo de sus reflexiones e imaginación; también de sus entrañas. Nos referimos al realizador sueco Ingmar Bergman. ![]() Claire Denis Este director nórdico nació en 1918 (Uppsala), hijo de un pastor luterano que siempre supo que no sería obispo. Como es de suponer, fue en su infancia donde Bergman conoció la censura y la fuerza del adoctrinamiento de una mano dura. Creció en una familia donde las reglas para ser un "buen" muchacho cubrían todos los rincones, desde el místico hasta el académico. Reiteradas veces ha relatado como en su casa lo intelectivo era una sombra que se hacía propietario de lo sensitivo. Seguro que no le fue fácil al Bergman niño y al Bergman joven encontrar su propia identidad espiritual
sin destruir la que recibía. Probablemente se le deba a su conservador hogar la obtención de un mundo
metafísico de la religión, los sentimientos de culpa, pecado y redención, y la búsqueda
de lo divino, temas que en su obra se volverían referentes. Deseoso por salir de la presión del ambiente académico de su Uppsala natal, y del agobio almidonado de su casa protestante, Bergman se trasladó a Estocolmo. Fue en la hermosa capital sueca donde se da alas al Bergman artístico. Disfrutando de la privacidad que anhelaba y que lo interiorizaba más, se adentra con mayor libertad en los autores que lo marcarían por vida. Sería el legado de los dramaturgos suecos, Ibsen y Strindberg, quienes lo introducirían a interpretar el mundo a través de los ojos del drama. Era Bergman saliendo al encuentro de sus demonios. Es así como la mente de Bergman se suelta, desata sus nudos, y meses después consigue su primer trabajo como ayudante de dirección en el teatro de la Ópera Real de Estocolmo, una joya de la arquitectura imperial. Lo que siguió es una larga historia donde la vida y la ficción fueron su único matrimonio estable. Ya han pasado más de sesenta años desde su primera película (Crisis, 1946); y hasta la fecha, son más de cuarenta los filmes que nos ha entregado a los espectadores del mundo entero, algunos de los cuales llegaron a exhibirse en los cines hondureños, como lo atestiguan amarillentos periódicos de la hemeroteca. El huevo de la serpiente, por ejemplo, se exhibió en una sala de los desaparecidos cines Maya, que por fortuna escaparon al trágico destino de convertirse en templo de locos evangélicos. Creador de filmes memorables como El Séptimo Sello, Fresas Salvajes, Detrás del Vidrio Oscuro, La Fuente de la Doncella, Fanny y Alexander, Persona (de la que se afirma es su obra cumbre y que no se haya en Tegucigalpa) y otras; el cine de Bergman es muy peculiar; pero sobre todo, se puede resumir diciendo que es un cine que llega a todos los sentidos; ya que, como dice él mismo, "uno vive con todos los sentidos". Bergman es incluso capaz de hacernos sentir color en sus películas en blanco y negro. Para tratar de entender su cine -complejo pero a la vez sencillo; intelectual pero a la vez cotidiano- es menester entender sus bases cinematográficas y ligarlas a su filosofía artística. "Lo esencial para mí es y seguirá siendo el tema. La temática es esencial en todo arte, y a la temática tiene que sujetarse la forma. No puede ser al contrario. No es la forma la que ha de dominar el tema, sino el tema el que ha de imponer la forma", sostiene Bergman. Partiendo de esa concepción se capta mejor la densidad y profundidad de sus diálogos -probablemente hechura del mejor director de todos los tiempos al momento de estructurar los diálogos. Sus textos ponen en confesión y a platicar entre si a los misterios del amor, de la muerte, del odio, de lo contrariado, y del existencialismo. Sus diálogos son exámenes a la intimidad personal, que siempre tienen un contexto de referencia. Habrá quien considere sus películas un tanto lentas, ya que sus tramas se desarrollan sin prisas. A mi suponer, es ahí donde se encuentra gran parte de la magia del cine de Bergman. El desarrollo de sus historias se abren delicadamente, y febrilmente, como el regalo de una amante que está diciendo adios. Los personajes de Bergman se abren heridas y se las lamen con alcohol; mimando su dolor. Son siempre películas que narran trayectorias que conducen a sus personajes a tener un recorrido enigmático hacia si mismos. Y que casi siempre los conduce a su creencia existencial: que por encima de la vida cotidiana, en sociedad o en pareja, el ser humano sufre de una irreversible soledad. Bergman propone que todos los humanos somos víctimas de un orden exterior ajeno a nuestra condición, y de un desorden interior del que tampoco somos capaces de controlar. Paradójicamente, la forma en que narra esas historias desgarradoras es en un lenguaje visual esteticista.
Su fotografía es más narradora que protagonista, encuadra más que dibuja, no se mete a buscar
planos porque los planos ya están. No le importa tener la cámara una hora en una habitación, con
apenas una pequeña ventana, un reloj, un sillón. Bergman pudo haber dicho la frase de Proust: "toda
mi obra salió de una taza de té". O, quizá, "toda mi obra cabe en una taza de té".
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