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Anécdotas Secretas de los Músicos de Honduras en los viajes por Centroamérica: OBERTURA

(Batuta en primo viajes): Los primeros viajes artísticos a mediados de los años setenta y mientras practicábamos los violines debajo de un árbol de mango, fueron para nosotros determinantes para el quantum leap que se haría en el desarrollo musical de nuestra Honduras. Ya habíamos inundado de música de cámara (es un decir) a la sampedrana ciudad de los zorzales y viajado por los cuatro puntos cardinales de nuestra amada patria; ahora vendrían los viajes por Centro América.

En estos años ya se celebraba el festival sinfónico centroamericano. Uno de los primeros músicos en representar a Honduras fue el concertino de la orquesta Manuel Peña. Lo veíamos practicar sin cansancio una de las oberturas de Beethoven, que tenía que audicionar cuando llegase al festival en Costa Rica -y es que nuestra formación había sido sólo de la música da chiesa, lo sinfónico traía consigo un descomunal problema técnico-. Peña era tan dedicado en su estudio que en el barrio Cabañitas sus padres le habían construido su propio cubículo de práctica, en el que aun los sábados y domingos perfeccionaba sus compromisos artísticos. Después de este festival Manuel Peña logró ganarse una de las primeras becas en el conservatorio costarricense. Hoy nuestro compatriota es un excelente pedagogo, director de orquesta y violinista que reside en Phoenix, Arizona.

(Movimiento en primo andante): Nuestro viaje por El Salvador en 1978 fue uno de los más bellos recuerdos que tenemos de nuestros pininos en música. La experiencia que ahí tuvimos, nos abrió los ojos para lo que luego en Honduras musicalmente tendría que venir. Entre los que habíamos sido seleccionados para representar al país en el Festival Sinfónico Centroamericano en El Salvador estaban: Alex Rosales (viola) -ahora miembro de la prestigiosa Sinfónica de la Ópera en Madrid, España-; Róger Rosales (violín), Bernarda Sánchez (cello), Alfonso Flores (Fonchín) (cello), Sergio Rodríguez y Jacobo Carpio (violín).

Para poder viajar –y debido a nuestros escasos recursos económicos- el patronato de la escuela Victoriano López nos adelantó dos meses de beca, 80 lempiras en total. Partimos desde la casa de Fonchín y así comenzó nuestra aventura, primero en bus hasta Copán, en donde nos quedamos en un motel para al día siguiente salir para El Salvador. En la madrugada y con el apuro de subir en el bus que nos llevaría hasta la capital dejamos olvidada las maletas de Fonchin en la calle. Al llegar a la frontera no nos dejaban pasar al vecino país porque todavía no se había sido firmado el Tratado de Paz. Después de persuadir al coronel encargado entramos caminando cerca de ocho kilómetros desde Honduras y lo mismo hacia el punto fronterizo de la oficina de migración salvadoreña. En ese recorrido a pie pudimos observar las grietas que las bombas habían hecho en ese perímetro de entrada y salida de la frontera. En la capital salvadoreña nos esperaban con los brazos abiertos los hermanos vecinos, y queriendo borrar los recuerdos de la guerra de 1969, que los políticos habían hecho, nos brindaron un especial cariño de solidaridad para con todos nosotros. Nos quedamos cada uno en casas de los estudiantes del Conservatorio, pudimos departir con estas nobles familias como verdaderos hermanos centroamericanos; así como lo habría soñado Morazán.

(Expresión sinfónico): La Sinfónica Centroamérica era una maravilla; practicábamos la mayor parte del día la sinfonía Nuevo Mundo de Dvorak, la Marcha Eslava de Stravinsky, una composición original para los jóvenes músicos del director y compositor salvadoreño Gérman Cáceres, y Festival Obertura de Brahms entre otras... ¡Por primera vez en nuestras vidas éramos parte de un ensamble sinfónico!

Por las noches alrededor de una fogata nos reuníamos todas las delegaciones, ahí nos dimos cuenta de que éramos los únicos que no teníamos alguna asociación, ni estudiantil ni profesional, de música. Nos dimos cuenta de que ya en los otros países centroamericanos tenían sus conservatorios de música y sinfónicas nacionales desde hacía ya más de siglo. El nivel de cultura de los países vecinos se podía ver en el respeto y apoyo a sus representantes, por ejemplo el mismo presidente de Panamá les había dado su avión personal para que llegaran al festival. A nosotros, como diría Fonchin "nos habían mando como bandidos, a la buena de Dios".

Tristemente y gracias a la solidaridad de estas delegaciones pudimos sobrevivir los quince días que estuvimos ahí. Los ochenta lempiras que llevábamos sólo sirvieron para los pagos de viaje de llegada, a los pocos días tuvimos que decirles con mucha vergüenza que ni siquiera teníamos para regresarnos…

Al regreso a la patria amada formamos la primera asociación de música de Honduras; ASEMH. Y así comenzó una comunicación continua con las otras organizaciones centroamericanas de música. Años después se produjo la injusta expulsión de unos de los que nos graduábamos en 1979, el bajista Santiago Fúnes, por parte del director norteamericano William Schink, por problemas personales. Y como el presidente de nuestra sociedad estudiantil no tuvo temor de movilizar un acto de protesta, siendo yo el vicepresidente de la ASEMH nos tomamos por primera vez la Victoriano, hasta que llegó una comisión del Ministerio de Educación y lograron frenar nuestra huelga e incorporar a Santiago para que finalizase en la Nacional de Música en Tegus. Ese mismo año el patronato y dirección de la escuela, de manera vil y en represalia, no nos dejó graduarnos a los que fuimos líderes del primer movimiento en contra de una impúdica fundación y directriz de la Victoriano López.

(Movimiento accellerando allegro): En los años mozos en 1984, salimos de Tegus para el festival sinfónico de verano en Costa Rica. Ahí nos encontramos al violinista Róger Rosales, quien estaba estudiando en el conservatorio tico, y al cellista sampedrano José Dubón. Nos habían hospedado a todos en un monasterio antiguo, en una de las montañas afuera de la capital. Recibíamos clases individuales de instrumento, música de cámara y sinfónica. Estábamos tan entusiasmados siendo parte de este festival internacional y practicábamos tanto, que los dedos de la mano izquierda comenzaban a sangrar...

Por las noches el frío tico era insoportable. No había calefacción y hasta el baño diario era un suplicio. Cuando nos caía el agua helada salía de nuestros cuerpos un vaho y un grito de protesta, mientras los músculos se tensaban. Dormíamos en camastros en el salón principal. Las sábanas eran tan delgadas que se podía ver a través de ellas. Y para aguantar el frío dormíamos con los pantalones puestos y nos poníamos calcetines en la cabeza. Había un tico que decía que todo era mental y dormía placenteramente sin camisa... Lo más terrible eran unas hermosas arañas que deambulaban por ahí. Comíamos a diario, desayuno, almuerzo y cena "gallo pinto"; hasta el sol de hoy todavía le tengo una justa aversión a tanto arroz y frijoles; lo que nosotros los hondureños llamamos simplemente "casamiento".

Sergio Rodríguez,
Violinista y Director de Orquesta

Junio, 2006
Albany, GA/USA

 

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