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¡Dá de Graduación!
"Recital de graduación violín y piano".

Sergio Rodríguez

Se abre el telón, el murmullo del público disminuye, un piano y un atril esperan elegantemente en el centro del escenario; con paso ligero los músicos hacen su aparición. Los aplausos son ensordecedores como ensordecedores eran las tormentas de mayo de la sampedrana ciudad donde él dejo el ombligo; las lluvias de gotas pesadas descolgábanse en millares sobre las láminas de cinc del techo en donde fue su infancia. El piano hace su introducción y antes de comenzar su melodía en el violín, con la sonrisa en el pasado, recuerda los años setentas, se mece en el columpio del patio en la parte de atrás de la casa; un palo vertical sujetado de los extremos por dos cuerdas de mescal que colgaban del árbol de toronja.

Allí pasó horas cantando sin cesar las canciones aprendidas de su madre y las nuevas de la radio ("La del Moño Colorado"). En la mecedora, con los ojos cerrados, la tarde es suave y fresca, arriba el cielo huye cuando trata de tocarla. Pensó en su niñez al igual que los pájaros recuerdan sus cantos sempiternos, apenas amanecía y después del café con leche y semitas de dos por cinco, descalzo hacia la escuela cantaba con los árboles, las plantas, animales y los zorzales a través de las veredas que lo guiaban solitario en sus primeros pasos por la escuela. ¡Cómo disfrutaba la clase de canto! Recordó sus primeras composiciones; melodías de sonidos puros que fluían de su voz blanca, él mismo a sus tres años tomaba orgullosamente conciencia de ello.

El Scherzando de Brahms se mantiene dinámico y con el carácter solemne. Una expresión de júbilo en su cara se percibe sutilmente. Termina el ultimo acorde; do mayor. Los aplausos vuelven a sonar, mientras saluda al público el concierto grosso de Vivaldi suena en su memoria... Era 1974; hacía el examen de audición en la escuela de música... la orquesta en ensayo y con su típica curiosidad logró encontrar de dónde venían esos sonidos, al acercarse se yergue, se estremece, todo en su ser se transformaba en vibraciones y de manera simultánea, mágicamente en dueto con la orquesta que tocaba la introducción del re menor de Vivaldi ("re, fa, la re, re, re, re, re, fa, la re fa, re, re, re, re)... Allí juró con determinación y una inmensa alegría que sería parte de esa masa de sonidos fantásticos. Ese mismo año hacía su debut en los segundos violines en la primera graduación de los de quinto año.

De regreso en el escenario una calma se siente en el ambiente. El concierto numero cinco de Mozart ha comenzado; el piano hace su introducción alegremente hasta su acorde final en semicadencia. El violín con una nota, sola, larga de matiz piano, comienza a nacer. Así comenzaban los amaneceres de su barrio Río de Piedras al pie de aquella montaña del Merendón que tocaba el cielo; cuando los rayos del sol extendían sus dedos de niños trasparentes hasta convertirse poco a poco en una luz que aprovechaba para calentarse de esos fríos que aún existían en la San Pedro Sula de entonces.

El piano vuelve a tomar el tema y enérgicamente, en pregunta, da la entrada en una resolución armónica de quinta (V) para el solo de cadencia. Respira hondamente y llega a una concentración absoluta. Esta cadencia de Joachin es maravillosa, en ella se comprime ese balance perfecto que Mozart buscaba en el clásico. Clara y limpiamente se encuentra en el clima de la obra. Sus dedos y el arco obedecen a los dos hemisferios del cerebro. Finalmente, y después de la bajada en la primera cuerda en semicorcheas, se detiene fuertemente en la penúltima nota del acorde (la mayor), para que luego el piano resuelva el primer movimiento. El segundo aire se mueve lento y etéreo, mientras el piano susurra el tema, no deja de pensar en esos seres humanos que le han dado la felicidad de amar, cruzan en su mente como el día en que alguien amado murió en un accidente, las cosas más bellas y tristes de su mundo y antes de comenzar el solo su pensamiento se detiene en los ojos del más luminoso de los astros.

Ella, la hija de tres años, su felicidad en este conflictivo mundo en el que todavía cree con todas las esperanzas de vivir. Siente que sus dedos por primera vez toman vida y caminan sincronizados con el arco a través de cada nota, exprimiéndolas y sacando de ellas pequeñitas nubecillas de amor. En ese éxtasis musical siente que algo se desgaja por dentro, poco a poco hasta el respirar le falta, si no hubiera venido la cadencia pronto habría muerto. Ahora se encuentra sereno, íntimamente ya no queda nada y este solo le da alivio. El sonido de las dobles cuerdas le reaniman y hasta el color de su piel se ha crispado.

Esta vez es él quien comienza el tema, es el tercer movimiento y lo ejecuta con tanta seguridad y felicidad interior que hasta le parece que quiere bailar.

Sergio Rodríguez,
Violinista y Director de Orquesta

Junio, 2006
Albany, GA/USA

web: http://www.sergioraulrodriguez.com

PD. Esta semana tenemos una nueva composición de nuestro gran colaborardor Sergio Rodríguez, la que pueden encontrar en la sección de Descargas

 

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