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Sergio Rodríguez: De Música y Política

La música y la política han estado ligadas en los diferentes contextos sociales de su historia. En las cortes europeas la música da chiesa era exclusivamente para la clase en el poder. Los gobernantes competían entre cortes y reinados por tener los mejores artistas, así se determinaba quiénes tenían más dominio. Algo similar, aunque burdo, pasó quinientos años después en Honduras; para mostrarle a la opinión internacional que Honduras estaba viviendo un apogeo cultural, el partido Nacional ayuda a fundar la Orquesta Sinfónica. En ese momento, inclusive, se hablaba de que teníamos a la nueva Evita del mundo.

En el medioevo la arquitectura de las grandes catedrales europeas, las cuales se caracterizan por sus entradas de puertas gigantescas con vestíbulos de cielos de gran altura, más los cantos gregorianos, hacían sentir al feligrés como si estuviera entrando a una parte del cielo; con esa manipulación sinestésica se hacía entrar a los asistentes en una catarsis colectiva para que sintieran que realmente estaban en presencia de Dios.

En Kentucky tuve la oportunidad de visitar uno de los monasterios de los Trepadores los cuales obedecen al voto del silencio, no hablan; además de ver las esculturas de barro de Ernesto Cardenal -quien junto con Thomas Merton se había refugiado allí para un intenso trabajo espiritual e introspectivo- más los cantos de los monjes de melismas, largos y continuos, con los sobretonos que estos producen, sometían a cualquiera a creer en su renacimiento.

Cuando los españoles invadieron América en el siglo dieciséis concentraron y extendieron su imperio colonial desde México y Centro América hasta Sur América menospreciando sus culturas y sometiendo -a los que quedaron- a la verdad dogmática de su idiosincrasia. En Norte América los colonizadores europeos, principalmente de Inglaterra, tuvieron entre sus propósitos el de crear una nueva sociedad. Por consiguiente la música europea se desarrolló más en esta parte del hemisferio.

Charles Ham manifiesta que la música de los indios de Norte América tenía una función predeterminada en los ritos ceremoniales y que luego, al igual que los españoles en la colonización, fue casi destruida. La música de los primeros colonizadores británicos refleja una ideología puritana que luego se hará vehemente en el pensamiento estadounidense e implícitamente en sus excusas ideológica para someter a los países en desarrollo a su "way of life". Así los himnos y salmos en el Nuevo Mundo llegaron a concretizarse como la médula espinal de la nueva sociedad –tal como lo plasmó Henry Aismworth (1570-1623) en su libro los Salmos "The Book of Salms".

En nuestra Hispania el mismo fenómeno de desculturizacion fue impuesto; la música de los nativos fue catalogada por la santa iglesia católica como diabólica y fue prohibida su difusión. En su famoso libro Las Venas Abiertas de América Latina, Eduardo Galeano manifiesta que para un mejor sometimiento esclavista no se le quiso enseñar al indio el idioma español; los sacerdotes aprendieron el idioma nativo e indoctrinaron al americano en su propio lenguaje. Más adelante y para poder sobrevivir estos aprendieron el castellano y los correspondientes cantos de la iglesia. No es de extrañar que hoy se encuentren en nuestra América composiciones en los estilos gregorianos y barroco.

A pesar de este sometimiento cultural, en Nicaragua nacía la canción social paradójicamente entre los parámetros de la iglesia e influenciada por la teoría de la liberación de Brasil. El pueblo nicaragüense tomaba conciencia de su realidad y de su continua explotación y ya las misas campesinas replicaban "basta a la explotación y dominio externo". Y así en este principio de las misas campesinas nos dicen José Maria Viril y Ángel Torres que los cantos reflejan el no a un Dios lejano de la vida diaria de un pueblo y acercan más la necesidad espiritual al concepto de un pueblo que marcha con Dios a través de todos los ámbitos de la vida cotidiana; haciendo énfasis en un Jesucristo hombre Dios que nació entre los pobres y compartió con los pobres los sufrimientos de su miseria. Como era de esperarse esta misa campesina fue prohibida por la iglesia romana.

En El Salvador la misa popular seguía los pasos de los vecinos nicaragüenses y se desarrollaba en los trabajos pastorales de la comunidad. En Honduras la música social toma pie no en la iglesia -esta por el contrario mantienen a sus parroquianos en espera de un cambio venido del misticismo religioso sin exigir justicia social para todos- sino más bien en los trabajos particulares de Rosario Rodríguez, Ricardo Huerta, Fabián Lobo; los grupos La Pipa de Agua, Rascaniguas, Tawanka, los agrupados en la Ocarina, y Pan y Hambre, entre los pocos que recuerdo. De estos autores y organizaciones grupales es difícil encontrar grabaciones, porque para grabar sus canciones, en aquellos entonces se necesitaba de un aporte económico descomunal. Sólo se encuentran grabaciones artesanales en cassetes gracias a la tradicional piratería callejera.

La música no es usada solamente entre los artistas con conciencia social, también es usada por los diferentes grupos políticos para manipular a las masas; plagiando las canciones populares en favor de tal partido o para denigrar al partido en oposición. Entre la mayoría de nuestra juventud, la fuerza y esperanza de esta querida patria, la música que se escucha solamente perpetúa el aturdimiento y el desequilibrio nervioso; además de que en su etapa de mayor moda llega a denigrar de manera torpe y vulgar al género femenino, digamos que con la quiescencia de la mayor parte de las mujeres jóvenes que escuchan y bailan su recurrente sonsonete ridículo y sus letras de baja estofa.

Sirve como una droga para justificar su indiferencia frente la violencia, y la apatía frente a los innumerables problemas sociales que nuestro pueblo sufre. De aquí concluimos que la responsabilidad histórica de nuestros artistas nacionales radica en usar el poder de su arte para que en Honduras haya menos pobres, menos enfermos, menos niños en las calles, menos ancianos sin una pensión para poder sobrevivir, menos drogas, menos corrupción, menos violencia, menos injusticia social en cualquiera de sus formas. En fin una lucha por una Honduras digna en la que nuestros hijos crezcan sin la necesidad de irse a morir a un país extraño por el solo hecho de querer contribuir al bienestar de sus seres queridos.

Sergio Rodríguez, Músico. Abril 2006

 

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