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Concierto para Violín y Orquesta en Mi Mayor de Johann Sebastián Bach

Sergio Rodriguez

La orquesta del Conservatorio de Música Longy estaba lista para presentar uno de sus mejores conciertos, el último de la temporada del invierno de 1987. El concierto fue anunciado en el periódico del Boston Globe y los medios de comunicación cultural del Estado de Massachussets. Habíamos estado practicando exhaustivamente dos semanas antes. Yo estaba tocando como el concertmaster de la orquesta. Era días difíciles, eran mis primeros días como estudiante internacional en el Conservatoria Longy y, por eso de mis dificultades con el idioma Ingles los cursos de historia, composición y solfeo me tenían con unos molestos dolores de cabeza. Los ensayos eran de tres y cuatro horas cada noche. El director nos hacía trabajar duramente, cada matiz, cada crescendo, cada fraseo, tenían que ejecutarse con la más fina perfección. Cada pieza del programa se practicaba varias veces experimentando con diferentes tiempos y dinámicas. Las introducciones de estilo contrapuntístico entre el solista y orquesta eran difíciles de igualar. Éramos una orquesta pequeña pero con excelentes ejecutantes -que es lo que hace la diferencia- puesto que calidad es mejor que cantidad.

Se aproximaban las 7:45 de la noche. Estábamos en el "green room" cerca del escenario, calentando con escalas y afinado los instrumentos. Las beldades terminaban de ponerse los últimos retoques de make-up enfrente del espejo al lado de la puerta del stage. Me sentía muy bien con el nuevo esmoquin que llevaba puesto, lo había comprado barato en Bangkok en uno de las giras con la sinfónica de la universidad de Harvard a los países asiáticos. Estaba muy ansioso de comenzar el concierto hasta que alguien detrás de mí, muy nervioso, me susurraba en el oído que le prestara mis pantalones del tuxedu. Ian, el solista, había olvidado su traje de concierto en el taxi. Aunque Ian era más alto que yo, mis pantalones le quedaban bien de la parte de la cintura, pero le quedaban muy cortos de las piernas y los calcetines blancos se veían indecorosamente. No me quedó de otra, que ponerme mis blue jeanes. Cuando el director me vio así, salió corriendo a su oficina y me trajo unos pantalones formales de color azul oscuro. En contraste con Ian, a mí no me quedaron muy bien; una faja bien apretada logró sin embargo sostenerlos durante toda la noche.

Ana Maria, estudiante de composición de Colombia, era la stage manager. Ella apagó las luces del auditorio como señal de que el concierto iba a comenzar. Rápidamente el ambiente del teatro que antes era ruidoso ahora quedaba en absoluto silencio. Ana María nos abrió la puerta del green room y todos los de la orquesta nos movimos al stage. Inmediatamente los aplausos sonaron hasta que nos sentamos. Acto seguido hicieron su aparición el director y el solista; esta vez los aplausos fueron ensordecedores. Con batuta en mano y cerca de su cara el director dio la señal de estar listos. El primer tiempo fue dado para el primer movimiento del concierto de violín y orquesta en Mi mayor de Johann Sebastián Bach (BWV 1042), y como solista, el flamante Ian Swensen. La orquesta tocó la introducción-mi, sol si- en estilo martele; después de la introducción Ian toma el tema, mientras la orquesta en contrapunto lo acompaña. El director comenzó a moverse como nunca lo había hecho en ensayos, eran tan pretenciosos sus movimientos de batuta que algunas veces perdimos el tiempo. En algunos momentos el director parecía bailar con el solista. Ian, no queriendo quedarse atrás también se movía con gestos exagerados. El primer movimiento aun con el sobre entusiasmo, terminó bien. Después de unos breves segundos, los cellos y bajos en continuo comenzaron el segundo movimiento, un adagio. El director continuó moviéndose exageradamente de manera teatral, esta vez casi en el límite de las lágrimas. En esos momentos nos sentimos muy molestos con su actitud, ¿cómo es posible que alguien quien ya ha hecho una exitosa carrera artística se vuelva tan arrogante en la dirección? nos preguntamos. Algunos de la orquesta querían salirse del concierto, y tuve que convencerlos de que eso sería aun más insensible que los distorsionados movimientos del "maestro" y que además la música lograría triunfar por su propia vitalidad y magia.

La orquesta estaba tocando maravillosamente. Ian tomó la melodía, una nota larga sobre la orquesta, el balance era perfecto. Comencé a sentirme como si fuera el solista. Cada nota que tocaba, incluso en los más simples ritmos, fue tocada con absoluta delicadeza. Fue un momento muy importante para mí; ya no era solamente el violinista, sino también el artista. Embriagado de sentimientos halagüeños me volqué en la interpretación tanto que a veces hasta me era difícil respirar. Mis emociones fluían en la música de Bach, y lo misma reacción tuvieron los demás de la orquesta. La gente en el auditorio era una sola masa que se impregnaba de la música. Al final del segundo movimiento nadie quería moverse, como si por esa acción se pudiera perder el enlace artístico, que todavía seguía fluyendo; el más insignificante sonido podría sonar como un terremoto. Ese fue el momento en el que el silencio demostró que era sonoro. El director ahora se movía, ya no como antes, esta vez la música lo regresó a su estado artístico y sus gestos se movían con la música expresivamente y en paz. Ian tocaba su última nota, mientras la orquesta seguía en continuo en perdiendosi motto ostinato.

El tercer movimiento despuntó. El director movía su batuta en el tiempo preciso. El allegro era regocijante para nosotros. Ian tocaba con suprema maestría -por algo había ganado a temprana edad varios concursos internacionales-. Además yo conocía esta pieza muy bien; la había tocado con el pianista Wolfang Lapenberg en el teatro Manuel Bonilla en 1981. Podía escuchar claramente el diálogo entre el solista y la orquesta. La melodía se compartía entre cada instrumento. El silencio de la audiencia complementaba la música. Ian ejecuto la última cadencia y el fortísimo coda anunciaba el final. Mientras el crescendo afirmaba el clímax, el director señalaba el último tiempo. La audiencia se paró inmediatamente. En esa suspensión musical por momentos era difícil respirar. Los aplausos fueron largos y estridentes; todavía ahora con los años puedo recordar los ecos de ¡Bravo! ¡Bravo!... Con satisfacción puedo afirmar que nadie se fijó en unos calcetines blancos a los que la ensoñación de la música no permitió resplandecer.

Sergio Rodríguez,
Violinista y Director de Orquesta

Albany, GA/USA
Junio 2006

web: http://www.sergioraulrodriguez.com

 

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