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El sistema económico nacional y su impacto en los pueblos indígenas
Leonardo Turcios El sistema nacional hondureño; cuyo afán apriorístico contemporáneo está denotado hacia la activación e inserción del Estado en un menester de factores tanto políticos como económicos, a fin de lograr un crecimiento económico y desarrollo del país, por tanto, competir en un mundo globalizado, brindar los bienes y servicios que su ciudadanía requiere o, simplemente, subsistir en esta vorágine capitalista; posee una disyuntiva, la cual acaece en: respetar las individualidades del país, por ende, coadyuvar en la perpetuidad pluricultural o, por otro lado, soslayar dicha pluriculturalidad en consonancia de la conformación de una identidad única nacional en pro de la incorporación unánime en el sistema capitalista. Con esta retahíla de acepciones pretendo connotar la situación indígena y el papel que juegan en esta realidad que pretende insertarlos como rubro económico, mas ignora su frágil identidad autóctona parecer, en Honduras está emergiendo el fantasma del indigenismo o algo símil. Chang Vargas (1998: 317) aduce que "la cultura nacional (sistema nacional), a la que el indigenismo quiere integrar al indio, excluye tanto a las culturas indígenas, como las de otros grupos sociales, también exponentes de las culturas populares". En Honduras nos encontramos con un rico valor cultural nativo autóctono evidenciado en los siete grupos indígenas aborígenes y los dos nuevos grupos de composición negra; todas con un folclor que enriquece la cultura nacional e identidad nacional, no obstante, la concepción de cultura nacional no consiste, precisamente, en desarrollar o exaltar y propiciar la identidad indígena por parte de la entidad gubernamental, sino que en promulgar, pervulgar y cohesionar una identidad única, singular. Los grupos indígenas hondureños y del mundo tienen un presente logrado a base de esfuerzos impetuosos, de un transcurrir de vejámenes, discriminación y detrimento de su natura. Dichas intolerancias de parte de los foráneos, criollos y mestizos han cesado, empero, las desigualdades son notorias; desigualdades expuestas y concretizadas en el olvido férreo en que se encuentran los grupos étnicos ya sea geográficamente, a través del segregarismo eminente y, económicamente a través de las condiciones infrahumanas latentes de vida. Con respecto a lo anterior, en nuestro país muchos son los ejemplos fehacientes y fidedignos de la crisis de dichos grupos: la pobreza terrible que sufren los Tolupanes en La Montaña de la Flor; el olvido inmisericordioso por parte del gobierno hacia los Pech y la expropiación de su territorio ancestral; la diferencia acaecida entre indígenas y mestizos concerniente a disputas territoriales; la explotación inmarcesible de los recursos Tawahkas; la pérdida de la lengua Lenca y otros valores culturales víctimas de la aculturación; la discriminación racial ante los Garífunas; el segregarismo suscitado hacia los Isleños; etcétera. Evidentemente, hay una marcada desigualdad; son tomados como la minoría sin potencial, como la minoría a ocultar, como la minoría que pronto desaparecerá o como la minoría sin importancia; mas lo prioritario está en la psiquis de cada ser humano, en las manifestaciones culturales de cada grupo humano, en la epistemología tanto actual y progresista, así como, añeja y ancestral; en la gnosis (tomado como el conocimiento intuitivo e interior sobremanera divino, cosmogónico). Justamente ése es el valor de la cultura indígena hondureña, por tanto, somos ante todo un país indígena, colonizado y mestizado. Pero ¿qué pasa cuando los intereses indígenas y negros son soslayados por los intereses nacionales, como una unidad con ápices neoliberales? Hay muchas coyunturas que tratar, pero me remitiré a dilucidar lo referente a contextos económicos. Brenes Castillo (2000: 271) arguye que "lo adecuado y correcto es llamar a nuestros pueblos a recuperar y recrear la cultura de sostenibilidad". Dicha cultura aduce también a una sostenibilidad económica referida a los recursos circunscritos jurisdiccionalmente en territorio indígena y su usufructo. En consonancia, Newson (1992: 72-75) argumenta el papel de los recursos, de lo cual, resumo que éste es inherente a todo grupo indígena como parte prioritaria de su cosmovisión y cosmogonía, como conformador de su identidad y como tópico económico ineludible de subsistencia y supervivencia. Del territorio los aborígenes utilizan la tierra para cultivar, para el ganado, para cazar, para recolectar resina de los liquidámbares, para realizar ritos, para obtener plantas medicinales, etcétera; o sea, para ser y realizarse en base a una evocación espiritual de respeto y reverencia. Flores (1989) en su Proyecto de Desarrollo Integral de la Etnia Pech, Aduce que hay una severa expropiación de las tierras ancestrales indígenas Pech, por consiguiente, bajo mi conocimiento de la etnia Pech y mis experiencias con comunidades como Pueblo Nuevo Subirana en Dulce Nombre de Culmí, constato la expropiación voraz que mengua la situación viable de la etnia, que inhibe su sostenibilidad en todo ámbito, que reduce la cultura y la adhiere a parámetros nacionales. En un ejemplo de una entrevista que hice a un indígena Pech, expresó que su territorio ha sido coartado, dividido en parcelas, talado y utilizado para agricultura a gran escala. Por otro lado, con respecto a las cofradías indígenas actuales, Travieso (1996: 121 y 125) alude que "a finales de la Colonia e inicios de la época republicana, las cofradías perdieron su capacidad productiva y generadora de fondos; ya en el contexto capitalista de nuestra época, sus estructuras resultan totalmente inadecuadas". Ha menguado su funcionamiento económico, han perdido sus propiedades, su capacidad productiva es deficitaria y, ha disminuido su ayuda mutua y de beneficencia. Por ejemplo, la cofradía Lenca de Yamaranguila ha limitado sus funciones a una simple ayuda recíproca en las peregrinaciones y celebraciones religiosas. En consecuencia, puedo aseverar de una manera efusiva y crítica hacia el sistema nacional y su proceder, que las entidades económicas indígenas, recursos y sostenibilidad están sufriendo un decaimiento, un colapso inminente, que repercute en su cultura, en su idiosincrasia, en su identidad y, en que persista esa pluriculturalidad ya coercionada y en fase de extinción. Los indígenas experimentan una subordinación sutil, diferente a la coercitiva colonial, pero eficaz en su propósito; subordinación evidenciada en la flagelación económica, en la pobreza recurrente, en la inopia de algunos grupos, en el segregarismo y olvido. Los grupos indígenas y negros merecen que sean determinados, expresar sus necesidades, ser respetados en sus convicciones y ser adheridos al sistema pero bajo sus connotaciones, requerimientos y expectativas culturales. Por consiguiente, actualmente surgen organizaciones étnicas en pro de la autodeterminación, autogestión y etnodesarrollo indígena y negra a priori del derecho consuetudinario indígena, la inserción multicultural y el plurilingüismo; cuyo compromiso vehemente es que estos grupos pervivan el transcurrir vicisitudinario hostil suscitante.
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