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Postal Turística a propósito de semana zangana

"Tourist" por el genio H.R Giger

Queridos extranjeros: En Honduras no existe la pobreza.

La tierra es fértil y compite con la feracidad de las muchachas (Núbiles nodrizas cuyos hermosos pechos exhiben la turgencia del deseo de ser lactados por sus bocas).

Aquí no hay niños ni hay ancianos por las calles: esos de aquella esquina son recuerdos, vagos recuerdos que se instalan para que no olvidemos los ancestros. Sepan ustedes que nada de eso hay en Honduras: Hace un pequeño tiempo vino, allende el mar, el hada, blondos cabellos extendidos, santas aguas en su mano; les dio por techo las estrellas, los hermanó con los detritus en humildísima lección humana. Las rubicundas cabezas de sus niños fueron retratadas, del pecho arriba sin mostrar los vientres transparentes.

Queridos extranjeros: lo que odiamos es la xenofobia, tanto que les entregamos a ustedes el alma misma de la patria. Porque hemos aprendido a amarlos tanto que si ustedes no vienen a nosotros les enviamos remesas de soldados, contenedores llenos de nuestros nobles ciudadanos; y es un rumor infame eso de que ustedes han levantado una muralla. Desde su lado puede apreciarse que sólo es un intento de mantenernos a su lado.

¡Benditos de nosotros, sus hijos putativos! Vengan, queridísimos extraños. Aquí en Honduras cada vez que cantamos: de-fen-dien-do su saanta ban-de ra, es en la suya que pensamos.

Vengan acá. ¿Qué tiene Venecia, por poner un caso, que no tenga Honduras? Las mismas avenidas de agua pasan frente a nuestras casas, sin olvidar el atractivo que tiene la sorpresa en tiempo de huracanes. ¿Y qué decir de Roma, cuya divisa egregia hemos importado hasta llevarla a los escaños del Estado?: Pan de dolores, sempiterno circo, aunque no estemos en campaña.

Ah, la magnífica Honduras, para bucear hasta el terrible fondo de su miasma, para escalar ráspidas montañas de basura, más altas, más hermosas, que el Salto de Tiberio. Vengan a Honduras. Sobran aquí ínfulas baratas donde verter sus males, su ira o sus achaques.

Sobran lacayos que atiendan a sus canes.

No tarden más. Vengan, que estamos dispuestos a ofrecernos, a ser para su amable merced el desarmado juguete de sus cajitas felices.

(Desde algún lugar de la dignidad)

Nautilus

 

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