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Mi padre fue un buen hondureño
![]() Por Sergio Rodríguez Eran las cinco de la tarde cuando mi padre Juan Pablo Rodríguez Banegas expiró a la sombra de la montaña El Merendón el 25 de junio de ese mismo año en que también marco mi regreso a la patria amada después de una larga década en el extranjero, era el verano del 2005 Había nacido en Río de Piedras, en la sampedrana ciudad de los zorzales donde pasó su infancia, ahí mismo crecimos sus hijos a la luz y mirada de nuestros abuelos. Fue ahí donde conocimos la felicidad de tener una familia, amanecer con una buena taza de café azucarada hasta los dientes y bajar al río donde saboreábamos la inigualable frescura del manantial de vida que brota de El Merendón. Cuando finalmente nos volvimos a ver estaba muy delgado y desencajado. Mi padre fue un buen hondureño porque su sabiduría la obtuvo en el ejemplo de sus padres y del diario vivir, con dignidad trabajó por siempre y logró que nunca nos faltase el pan. Fue un hombre tan íntegro que de sus problemas nadie supo nunca nada. Con la alegría que lo caracterizaba silbó junto a los zorzales. Mi padre fue un buen hondureño porque trabajó con ahínco desde que era un adolescente. Su nombre de realeza se la ganó entre la gente que le conoció, le llamaban "Don Juan". Su negocio sirvió para darle a los más necesitados -en créditos- los alimentos diarios de sus vidas. Toda su existencia pagó los impuestos municipales, y aun así cuando las lluvias caían se le inundaba permanentemente su hogar. Mi padre fue un buen hondureño porque creció con la incertidumbre de un destino, junto a su generación marchó en la vida marcado por el trabajo y teniendo siempre como único objetivo su familia. Mi padre fue un buen hondureño porque en su sencillez y con sus anécdotas se ganaba la admiración de los que le escuchaban y reían con él. Mi padre fue un buen hondureño porque amaba la vida y le embriagaba una grandísima felicidad los amaneceres de su hondura. Mi padre fue un buen hondureño y por ello lo recuerdo a cada instante; y le admiro y lamento haberlo querido tanto tiempo desde esta distancia geográfica. El vacío que hoy tenemos solamente se puede sobrellevar con los recuerdos maravillosos de su noble existencia. Mi padre fue un buen hondureño porque amó a sus hijos y nietos con la misma intensidad y orgullo con que el sol ilumina a las estrellas. Eran las cinco de la tarde cuando mi padre suspiró por última vez, su sufrimiento y partida unió a nuestra familia; la más honrada y digna, producto de la nobleza y ejemplo de un buen hondureño. ¡Hasta pronto, padre de mis felicidades!
Sergio Rodríguez,
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