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Idiota social I (o de los tributos y las elecciones)

Como nos veran los habitantes del futuro...

Miguel Caceres*

Especial para elmounstruario.com

En este exquisito artículo ¿futurista? el sociólogo Miguel Cáceres nos da una visión fragmentada pero certera de lo que será, sería, una apreciación sobre nuestro comportamiento social actual para ser leído en un futuro que esperamos no sea tan lejano. Es éste el caso que muestra cómo podemos aprender de allá para acá y no al contrario, como los historiadores encuadrados creerían. Mientras eso se averigua podemos ponernos serios ante estas aseveraciones de Cáceres, o reírnos de su fina ironía. E.Bähr.

Cuando, desde nuestra época, volvemos la vista hacia atrás, a menudo calificamos de extrañas muchas de las conductas manifesta¬das en las antiguas sociedades: griegos enfrascados en una prolongada guerra interna por una mujer; un azteca alborozado ante la inminente inmolación porque pronto entrará en contacto con sus dioses, etc. ¿Cómo nos va a ver la gente del año 3000?

Podemos imaginar a un arqueólogo, historiador o antropólogo (si es que para entonces logran sobrevivir como especialistas) describiendo nuestra sociedad más o menos en el siguiente tono:

"En ese período existía una organización llamada Estado al que la ciudadanía debía tributarle de distintas formas. Por vivir en cualquier poblado, pequeño, mediano o grande, había que pagar un tributo llamado 'impuesto vecinal'. Se tributaba también si la persona era propietaria de tierras, edificios o simplemente una vivienda ('impuesto sobre bienes inmuebles'). La ley penalizaba la vagancia, pero si el individuo trabajaba era igualmente penalizado: 'impuesto sobre la renta'. Cuanto mayor era su ingreso tanto mayor era la proporción del tributo. Un denominado 'impuesto sobre venta', que a fin de cuentas era sobre compra, era aplicado a las transacciones comerciales. La venta de bienes inmuebles tenía también su tributo correspondiente ('impuesto de tradición'). Si se elaboraban bebidas alcohólicas, un tributo ('impuesto de producción'), si se consumían, otro ('impuesto de consumo'), y si el consumo era en exceso, una multa por escándalo público. Un tributo por hacer uso de aeropuertos, otro por utilizar las carreteras, otro por comprar combustible, otro por exportar, otro por importar, etc., etc. Se calcula que por estos conceptos el Estado se quedaba con no menos del cincuenta por ciento del ingreso de sus súbditos.

"Pero esto es lo menos peculiar de la sociedad de esa época. Con el producto de las exacciones ejercidas por el Estado se constituía un fondo llamado 'tesoro público' (gobierno central) o 'tesoro municipal' (gobierno local), según el caso, y cada cuatro años se reunía la población para elegir al individuo o individuos que se apropiarían de ese fondo para su provecho personal, de familiares y amigos íntimos. La gama de los elegidos iba desde los cargos de presidente, alcalde, regidores y síndicos hasta los de diputados que conformaban un Congreso, considerado por los analistas de ese período, como la 'mara' mejor organiza¬da, institucionalizada y legitimada de entonces, a todos los cuales, además, había que tributarles respeto. Y ese acto de elección era percibido por la gente electora como parte de sus derechos ciudadanos, de sus derechos humanos.

Un acto y percepción que en la abundante bibliografía existente al respecto son calificados como el más sobresaliente ejemplo de idiotismo social".

* sociólogo

 

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