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Ronal Boquín: Comentario a artículo sobre el aborto
En mi época de estudiante de Derecho tuve la gran oportunidad de trabajar en el conocido y creo que tras la entrada en vigor del nuevo Código Procesal Penal - ya desaparecido-, Juzgado de Letras primero de lo Criminal de Francisco Morazán. ¡Cuantas experiencias! ¡Cuantas lecciones adquiridas ahí! ... Y no me refiero a lecciones meramente jurídicas sino que de la vida. El trabajar ahí sin duda marca y amplía los ángulos desde los cuales se puede ver un mismo asunto. En relación al artículo titulado "¿Y quien piensa en mi? Un Testimonio personal sobre el aborto en Honduras" quería compartir uno de mis recuerdos como Escribiente. A los escribientes nos tocaba realizar directamente diligencias que si bien eran personalísimas del Juez Instructor, por una delegación que el sistema permitía y consentía, las hacíamos nosotros, jóvenes noveles pero celosos de hacer bien su trabajo: Toma de declaraciones a las personas ofendidas, a las que comparecían como testigos, a las imputadas, inspecciones, etc., y hasta levantamientos de cadáver. Todas esas diligencias y en concreto, por la que interesa en este pequeño comentario, las de los levantamientos de cadáver, si tocaba hacerlas, se hacía con el rigor profesional que había que mostrar; aunque debo reconocer que prefería no hacerlas. No creo que sea necesario dar detalles de lo interesante como desagradable que podía llegar a ser. Una mañana, sin embargo, mis compañeros escribientes y que en ese momento estaban delegados por el Señor Juez para esas diligencias, tuvieron que salir para atender otras actuaciones, encomendándoseme a mí la práctica de un levantamiento de cadáver en el Hospital Escuela de Tegucigalpa, acompañándome, lo recuerdo muy bien, el Dr. Humberto Pon, del entonces Departamento Médico Legal. Al estar en el hospital e informarme con los médicos de ahí respiré con cierto alivio al darme cuenta de que el hecho por el cual se había demandado la presencia judicial era para averiguar la comisión de un aborto. Digo, respiré con alivio, porque en este tipo de sucesos el desagradable impacto visual normalmente estaba disminuido porque no había que pasar detallada revisión a un cuerpo atropellado o quizá muerto por arma de fuego o arma blanca, que era lo más habitual. No, en el caso de los abortos, normalmente el nasciturum o sus restos estaban (de haberlos) dentro de un bote que ya el forense se encargaría de estudiar. En esa ocasión no me tocó ver nada y fue por lo tanto, insisto, un alivio. Eso sí, se me dirigió donde estaba la persona que había ingresado al hospital por la práctica del referido aborto: Una muchacha joven, de unos 22 años si mis cálculos y memoria no me fallan. Pelo negro largo, delgada, trigueñita. Rasgos mestizos tirando más a nuestras raíces indígenas. Una muchacha hondureña que con facilidad dejaba entrever el seno humilde o de pocos recursos económicos en el que viviría. Tenía tubos y sondas por aquí y por allá pero que por suerte ya había salido del peligro de muerte con el que había ingresado. Tras identificarme, informarle de la razón de mi presencia, escucharle y hacerle las preguntas correspondientes, resultó ser que la muchacha ahí acostada, era madre de tres niños y víctima habitual de malos tratos por parte del padre de sus hijos, quien, dicho sea de paso, ya no vivía con ella sino que con otra mujer y que con total seguridad se enfadaría bastante al darse cuenta de que en camino estaba un cuarto niño. Que tras dicho embarazo temía una agresión violenta hacia ella y de paso hacia los demás niños por parte del hombre ese; que uno de sus hijos padecía una enfermedad crónica; que al no contar con ingresos suficientes y los poco que tenía tampoco eran estables, con mucho dolor -pudiendo percibir por mi parte de que sus palabras no eran ninguna mentira- había tomado la decisión de interrumpir el embarazo. Acudió donde una señora que le recomendaron, a un sitio en el que, según lo podía suponer, tras los detalles dados por la joven, no guardaba desde luego el mínimo aspecto -ni mucho menos - de un clínica (que aunque clandestina) fuera "decente"; por el contrario, casi parecía referirse a una cuartería en la que por aquí y allá bien podían pulular quien sabe qué tipo de gérmenes. No recuerdo muy bien, pero me parece que fue ahí donde se inició la práctica del aborto, debiéndolo terminar la muchacha inmediatamente al llegar a su casa, introduciéndose un artículo o artefacto como alambre grueso facilitado, punzante y con forma extraña, para lograr definitivamente la interrupción del embarazo. El feto no llegó a sufrir lesión física directa pero la hemorragia provocada terminó indefectiblemente con el proceso de gestación, poniendo además al borde de la muerte a la madre. La desagradable experiencia era evidente en el rostro de la joven. Dolida. Sin duda no sería la misma a partir de ese momento. Fingiendo firmeza tuve que decirle que desde ese mismo momento quedaba detenida y que al efecto habría un custodio de centros penales con carácter permanente en la puerta de la habitación, mientras estuviera ingresada ahí y que la conduciría al Juzgado una vez fuese dada de alta. Después de una semana de estar ingresada en el hospital, fue puesta a disposición judicial. La vi entrar al juzgado, con las esposas puestas en sus manos. Ella me vio también pero enseguida tuvo que volver la vista para prestar atención a lo que le estaba diciendo mi compañero del Juzgado. No tenía dinero para pagar un abogado. Supe también que se le decretó Auto de Prisión y fue entonces en aquella época en la que casualmente cambié de trabajo. No supe más de ella. No sé qué habrá pasado con sus tres hijos mientras tanto. No tengo ni idea. No sé cómo la habrán tratado en la cárcel. Supongo que mal pues tengo la impresión de que las presas por aborto ocupan un lugar de baja categoría en esa estratificación que se da en el interior de los centros penales de mujeres; algo así como a los presos por violación, en el caso de cárceles de hombres, dispensándoseles los tratos más vejatorios. No sé cómo la habrán recibido sus familiares, sus vecinos, después de haber recobrado la libertad. No me cabe la menor duda de que también la habrán condenado. Las razones que tuvo para hacerlo: ¿Quiénes somos nosotros para reclamárselo? ¿Qué autoridad tenemos para hacerlo? La moral. Es todo tan relativo. Muchas personas dirán que lo que hizo es moralmente inaceptable pero tras las circunstancias expuestas, las de ella, las de sus hijos (que no me cabe la menor duda son lo que más quería y quiere en esta vida), la impunidad de los maltratadotes, la escasa o nula asistencia social para personas en las circunstancias como las expuestas, las condiciones de precariedad del país, etc., tras todo ello, lo que a mi me parece poco moral es que -de remate- la metamos presa. Hay asuntos que son muy complejos, con muchos matices y que no pueden ser resueltos de tajo de forma maniquea concluyendo en si son buenos o si por el contrario son malos, anulando todo el debate en torno a lo que hay dentro de esos dos extremos. Interesa despojarnos de prejuicios; interesa sí, proteger al nasciturus, pero sin que ello suponga marginar o anular por completo los derechos de la madre. Interesa establecer mecanismos legales que garanticen el acceso a un aborto con cuidados médicos para las mujeres que en los supuestos que se regulen, decidan no continuar con el embarazo. //Fin. Por Ronal Boquín
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