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Anécdotas secretas de los músicos de Honduras
(Primer Movimiento)
Sergio Rodríguez
Señores y señoras: (Se levanta la batuta): Lo que a continuación escribo corresponde a las anécdotas históricas que me contaron o que vi con mis propios ojos y para muchos de esos temas yo mismo estuve ahí. Sé de antemano que en algunos casos se espantará el lector y en otros se maravillará por lo jocoso de la vida de nuestros artistas músicos, así que comenzaré con los acontecimientos inverosímiles de un compatriota que tenía mucho de genio y bastante de loco. (Señalamiento al frente): Tenía rasgos de Paganini y, con grandes dificultades, entre muchas horas de práctica con su violín, logro hacer piruetas que engañaban a los escuchas. Por ejemplo tocaba la Ciacconne de Bach y en los pasajes más difíciles... ¡le hacía horrorosamente sus propios arreglos! Orgullosamente se había logrado colar entre una de las sinfónicas de la ciudad de México en la que, tocando la quinta de Beethoven, había ejecutado erróneamente en los silencios de la obra. Al terminar el concierto y bajo la mirada atónita de los músicos alzó su violín, lo puso ante sus ojos, y gritándole de frente le dijo: "¡me has fallado hijo de puta!" y zaz, lo lanzó al piso donde se resquebrajó en mil pedazos mientras era observado por los demás como el más abominable crimen nunca antes cometido contra tan noble instrumento... En otra oportunidad él mismo y después de una borrachera, a la que familiarmente llamaba "cucuruca", había lanzado el violín hacia arriba con tan mala suerte que se quedó enredado en la copa de un árbol. (Señalamiento hacia la izquierda): De otro les diré que habiendo sido escogido para dirigir la orquesta de cámara de la Universidad Autónoma, en uno de los ensayos, mientras practicábamos unos de los divertimientos de Mozart y ya con el alcohol hasta los bordes con la batuta en mano gritó: "¡como Morazán hijos de puta, como Morazán cabrones!..." (Señalamiento hacia el fondo): Ahora les contaré de un conserje que asistía continuamente a los ensayos de la primera ópera montada en Honduras: La Traviata. Tenía tan buen oído que cuando el director no estaba ayudaba a los cantantes a aprenderse las arias ¡y en italiano! Otro hasta con el nombre de "Trino-guachimán", había logrado con sus propios méritos tocar el piano de manera decente, simplemente porque cuando la escuela estaba cerrada practicaba con religiosa devoción. Felizmente un conjunto musical lo reclutó y como él mismo contaba "mandé el machete a la mierda y llegué a ser la estrella en las kermeses de la costa norte". (Indicación de primer plano): Otro egresado de la Nacional de Música decía que -según él- tenía cierto parecido con Camilo Sesto y llegó al grado de perder por completo su propia identidad y se hacia llamar Camilo. Hablaba con zetas como todo buen castizo y llevaba el pelo largo bajo las orejas, por tanto tiempo, que hasta "se le cayeron las tejas". Evidentemente dejó de parecerse, si alguna vez pasó eso, a su amanerado héroe. Desde entonces deambula por las calles capitalinas en busca de una gloria nunca alcanzada. (Indicación hacia la derecha): De los músicos jóvenes les diré que por allá cuando en la Victoriano López aceptaban estudiantes de "abajo de la línea" -o sea los jóvenes sampedranos de menos recursos que vivían en la parte sur después de la línea del tren-; en las giras de conciertos en las cuales por cuestiones económicas nos hospedaban en casa de gente aristócrata nos encontramos con un sin número de percances. Por ejemplo una de tantas veces, quedándose dos estudiantes en una de estas casas, y en un apuro por estar listo para el concierto el que estaba en el baño de huéspedes no salía; el otro, de manera forzada logró entrar y se encontró con el porqué del atraso; graciosamente se bañaba el músico en esas tinas de baño europeas, precisamente enrollado en el piso y con grandes dificultades bajo la llave abierta que sirve para llenarla. (Señalamiento hacia la derecha): En uno de los tantos viajes que la Camerata Universitaria hacía, y cuando regresábamos de un concierto de un área rural, el concertino de la orquesta venía llorando de un dolor de oídos porque se le había metido un mosquito. Después de estacionar el bus le pedimos ayuda a un campesino quien sencillamente nos dijo que lo que había que hacer era meterle orines calientes en el orificio: "ya verá cómo sale de juida el mosquito", nos dijo. Así, llorando, el concertino llamó a una de las muchachas de la orquesta para que le hiciera el favor. Después de los insultos de ésta por tal atrevimiento, uno de los músicos sin mucho esfuerzo le dejo ir al oído un chorro caliente de orina, con tan mala suerte para el concertino que también se le iba corriendo hasta la boca... Cuando se enteró de esto la compañera, sonriendo, le dijo: "A saber cómo te hubiera ido conmigo". (Indicación con llamada de atención, para todos): A principios de los años ochenta cuando se comenzaba en la capital la costumbre de los "huesos", – así llaman en México cuando al músico lo contratan para tocar en alguna fiesta – y después de haber estado violiniando por las mesas durante toda la noche en una de las fiestas de los ricachones de Tegus, en las Lomas del Guijarro, no querían pagar los honorarios correspondientes. Uno de los músicos, sin ningún miramiento, agarró uno de los cuadros de la sala y les dijo que cuando tuvieran el dinero se los regresaría. Inmediatamente el pago apareció. (Llamada para final): En ciertas presentaciones que hacíamos en el Manuel Bonilla y para asegurarnos de que el guitarrista que tocaría el Solo llegase -ya que estos músicos tenían la costumbre de faltar o llegar tarde irresponsablemente- enviábamos a dos del grupo a su casa un día antes del concierto para que lo amarrasen y no se nos fuera a perder por ahí. En otro de los "huesos", con un cuarteto de cuerdas habíamos estado ensayando muchas piezas pops para tener un amplio repertorio y conseguirnos un trabajo en algún fino restaurante. Cuando la oportunidad se presentó nos hicieron una prueba en el restaurante italiano L'estro armonico y después de haber tocado por cerca de una hora el dueño nos llamó y con cien lempiras en mano nos dijo que teníamos que seguir practicado porque "¡todavía no suenan bien!" Con los cien lempiras, una gran cantidad en esos tiempos, nos fuimos a cenar por ahí y muy tristes queríamos tirar la toalla. "No jodan cabrones, nos dijo el arreglista del grupo, no ven que así comenzaron los Beatles". Sergio Rodríguez, Ver además el segundo y tercer movimiento de las anecdotas en esta sección
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